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Una columna

Punto de encuentro entre mi país y mi universidad.

Recientemente, debido a todas las diligencias y trámites administrativos para lograr la culminación del pregrado en la Universidad Santa María, siento que he redescubierto poderosos argumentos para comparar a mi país con mi casa de estudios.

Primero lo primero. Al llegar al edificio administrativo resalta a la vista el proyecto que lucía la universidad en una maqueta cuando se realizaron los primeros planos. Entre varias de los edificios destacaban el campo de béisbol o el complejo de piscinas. Hoy no existe ninguna de las dos instalaciones mencionadas.

Una pausa en la segunda planta del edificio es obligada, debido a la necesidad de realizar la inscripción. Y es que es innegable destacar el gran bullicio que se forma cuando el estigma de la desorganización hace acto de presencia en la coordinación de planeamiento y admisión. El hecho de no ofrecer una lista de requisitos para cada trámite, ni la capacidad de responder a solicitudes o inconvenientes administrativos mas que con la frase: “Eso solo lo puede autorizar Preticca”, el hecho de trabajar “solo” martes y jueves, tomando como días hábiles esos mismos o la increíble habilidad para desaparecer documentos tales como el conglomerado de notas del alumnado.

¿Es acaso una quimera el querer solicitar los documentos y que los entreguen de vuelta, sin esperar la autorización de una autoridad que no aparece ni estipula personal “de turno”?

Solo esos pequeños, minúsculos, y hasta inocentes detalles – distanciados de la que pretende ser una entidad universitaria de vanguardia – los que me recuerdan a lugares tan poco ágiles y engorrosos como los Ministerios. Lugares como el Inttt (la licencia de conducir o título de propiedad de un vehículo), el Seniat (hacer la cola para obtener el documento R.I.F.), entre otros que se ven en la obligación de atender a millones de personas. El alumnado de la USM no llega al millón de estudiantes. Es a la vez igual pero diferente.

Como Comunicador Social, el no hacer énfasis en la situación de la escuela sería un descaro. La falta de una sala de redacción, un salón audiovisual equipado u oficinas para los profesores (más que cubículos, y evitar el hacinamiento), son pequeñeces que resaltar.

Sin embargo, el alumnado es tan culpable como la misma autoridad (y singularizo gracias a la particularidad de que la USM posee un escalafón por encima del Rector). Al igual que el pueblo venezolano es culpable de los gobiernos y gobernantes que ha elegido. No hay cultura de querer la universidad, como no hay esfuerzo por parte de los alumnos por quererla.

55 años cumplirá próximamente la Universidad Santa María. Tiempo en el que profesionales que han salido de sus aulas han desempeñado un papel más que notable en sus respectivas áreas de trabajo. ¿Por qué entonces no existe un cambio progresivo en la USM? ¿Por qué otras universidades constan de redes internas, Internet inalámbrico, laboratorios equipados o periódicos internos?

Palabras más o palabras menos, son los momentos de vacío de identidad universitaria los que hacen que termine corrompiéndose la imagen de la casa de estudios dentro de sus propias paredes. Quizá un punto de encuentro entre autoridades y alumnos pueda significar algo.


“La Universidad Santa María, el territorio de los imposible”.

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